Los transgénicos, Europa y un viejo refrán

Los defensores de los alimentos llamados ecológicos no dudan en consumirlos con fruición a pesar de haber sido tratados con nicotina o sales de cobre, que son veneno puro; como razón dicen que “es que son sustancias naturales…”, como si “natural” fuera lo mismo que “inocuo”. Naturales son la cicuta y el arsénico y no cocinen con ellos… “Natural” y mortal es la oronja verde, y nunca, lector, pida que le hagan un revuelto con ella a no ser que esté muy cansado de la vida. Un poderoso veneno de peces es la rotenona, sustancia “natural” utilizada como insecticida en agricultura ecológica hasta que afortunadamente se prohibió en 2007 por daño ambiental. Y, sin embargo, es muy curioso lo que pasa con los organismos modificados genéticamente, los “transgénicos”, peligrosísimos según los ecofundamentalistas a pesar de ser los más analizados para garantizar su seguridad que hayan existido jamás… En fin…

Más curiosidades: los diabéticos, incluso los mayores detractores de los productos transgénicos, han de inyectarse insulina, como es bien sabido, a pesar de que toda la existente es insulina humana producida por microorganismos transgénicos. Pero no verá nadie una manifestación pidiendo que se prohíban ni la insulina ni el sinfín de tantas otras medicinas, detergentes, prendas de algodón, billetes de euro… todo plenamente satisfactorio sin un solo dato en contra tras un tercio siglo de uso general y continuado.

Pues bien, sin que exista una razón poderosa, los políticos europeos instituyeron un procedimiento de aprobación tan complejísimo que hace que la comercialización de un nuevo producto transgénico llegue a ser prohibitiva para las empresas tanto privadas como públicas: el coste medio de cada una de ellas es de unos diez millones de euros. Y no sólo es eso: es la reticencia a la aprobación en sí misma. La Unión Europea creó un organismo formado por excelentes científicos (la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria) para estudiar cada propuesta de nuevo producto y aconsejar a la autoridad competente su aprobación o rechazo. El estudio conlleva análisis bioquímicos, nutricionales, de toxicidad, alergenicidad, oncogenicidad, posibles efectos ambientales (un seguimiento mínimo de cinco años) y de cuantos otros se soliciten. Y aun así, el retraso en las aprobaciones con todos los informes positivos llega a superar fácilmente los cinco y en ocasiones sobrepasa los diez años. El lector se preguntará: “Si los informes científicos y técnicos de la Agencia establecida por la UE para ello son favorables ¿por qué ese bloqueo?” La razón la dio el Comisario europeo de Agricultura en 2006, no sé si malévola o inocentemente: “La autorización de nuevos OMG en la UE se basa en criterios científicos, pero este procedimiento no se acepta políticamente…”.

Pero, ¡ay!, que esta actitud conlleva contrapartidas penosas. Los demás países -y entre esos “demás” hay ya tantos de los llamados “en desarrollo” (Brasil, China, India…) como “desarrollados” (EEUU, Canadá, Australia…)- han seguido moviéndose. Exigiendo las mismas pruebas que en Europa, los trámites a seguir no están destinados al bloqueo sino a poner en circulación cuanto antes un producto seguro. Y así, cada año aumenta el número de cultivos con variedades transgénicas y el de tales variedades en cada cultivo, resolviendo problemas concretos de resistencia a insectos, a enfermedades, a ambientes adversos o a obtener productos industriales. Lamentablemente, para Europa, una parte importante de esos cultivos se destinan a alimentación humana y a pienso del ganado, pero no se pueden aprobar aquí por el absurdo sistema establecido… ¿Qué hacer, Dios mío, si en nuestros lares no se puede producir el pienso no transgénico necesario ni se puede aprobar el cultivo de las variedades que ya están comercializadas en Brasil, Argentina, EEUU…? Ah, pues muy sencillo, una solución genial: se aprueba la importación de productos transgénicos para pienso y alimentación pero no su cultivo… ¡Fantástico…! O sea, que podemos comerlos, pero no cultivarlos… Y encima dicen que pretenden mantener al agricultor en el campo en una Europa verde…

La última hazaña ha sido la aprobación, en el pasado mes de abril, tras año y medio de parálisis total, de 17 variedades de maíz, soja, colza, algodón y dos de clavel, pero salvo dos renovaciones de sendas variedades de maíz, todas las restantes son para importación, no para cultivo. Todas ellas habían superado los controles científicos de seguridad de la EFSA; la propia Comisión Europea reconoce que “todos los OMGs autorizados por la UE han demostrado ser seguros antes de su puesta en el mercado europeo”. Y, por supuesto, los productos estarán sujetos a las normas de etiquetado y trazabilidad europeas.

¿Puede alguien explicar la lógica de esta sabia decisión, importar pero no cultivar? Un dicho popular bien conocido nos dice que “quien con sus manos se capa, buenos coj… se deja…”. Ay, Europa… ¿dónde estarán ya los tuyos…?

Fuente: Diario de Sevilla

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